viernes, 2 de septiembre de 2016

hábitos e ideología

Una de las cosas que he trabajado más durante los años de elaboración de la tesis ha sido el papel de los hábitos como posibilitadores de conductas racionales. Existen conductas que dependen, no de una decisión realizada en un momento dado sino de un gran número de acciones repetidas, que acaban por ser rutinizadas. Nuestra salud, nuestra capacidad de ahorro e inversión, nuestras capacidades y destrezas dependen de forma crítica de los hábitos.
Me molesta especialmente el modo en que es tratado el tema por las instituciones: las campañas públicas y la propaganda privada suelen enfocar el tema de los buenos hábitos como una cuestión de vivir en positivo, de actitud fetén respecto de uno mismo, de responsabilidad individual. Me refiero a los anuncios estilo danacol, de los cereales para desayunar y ese largo etcétera que supongo ya os estáis imaginando. Evidentemente los buenos hábitos son preferibles a los malos: ninguna persona en su juicio prefiere tener cáncer de pulmón a no tenerlo. Y no sólo por los padecimientos propios sino también por el enorme dolor que se acaba causando a los que están más próximos al paciente. Sin embargo me molesta ese enfoque de vivir la vida en positivo: suele traducirse en una imagen de la persona como capitalista de si mismo, que ha de invertir en buenos hábitos para obtener las utilidades que se derivan de esa inversión. Como si comprando el danacol estuviésemos haciendo lo correcto. Sin embargo los hábitos dependen de forma crítica de cómo está estructurado el entorno, de decisiones que han sido tomadas afectando a los posibles usos y a la normatividad del espacio público. Buen ejemplo de esto es la Ley Antitabaco y el carnet por puntos.

Otra cosa que me molesta de la imagen que se da de nuestros hábitos es el optimismo utilitarista que se desprende de ellos: ese, "comamos una manzanita al día, seremos felices". En primer lugar la negatividad tiene un papel inexcusable a jugar en nuestras actitudes. Pero además, algunas de las decisiones más importantes que tomamos en nuestras vidas no dependen de su previsible beneficio futuro sino que las tomamos porque pensamos que es lo correcto, aquello que debemos hacer. Cueste lo que cueste.


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