martes, 16 de agosto de 2016

La verdad os hará libres (Jn 8, 32) [o no]

El otro día entre cervezas hablaba con alguien sobre decir la verdad. ¿Hay que decir siempre la verdad? De lo que pude entender mi interlocutor, con decir la verdad, quería decir "expresar lo que se siente, comunicarlo: si te quiero pues te quiero, si le odio pues eso, si me aburres me aburres, etc". Yo no soy partidario de decir siempre la verdad, creo que hay ocasiones y formas. Decir lo que se siente no siempre es bueno. 
En primer lugar los sentimientos mienten. La forma en que tenemos de valorar se ve distorsionada por las circunstancias en las que nos encontramos. Pero al mismo tiempo es inevitable no poder decir la verdad cuando se trata de sentimientos, detrás de los cuales no sabemos qué hay de verdad.
Pero el problema de fondo es, ¿cuándo la verdad libera? Supongamos que estamos en condiciones de identificar aquello que es verdad... un momento en el que podamos decir con certeza: te quiero, o, te odio. Entonces, ¿es, aquello que te libera, la verdad? Yo creo que no debemos identificar verdad con algún tipo de locución interna, de lenguaje personal que nos dice aquello que somos o sentimos. Esa no es la verdad. Ni somos aquello que pensamos que somos ni la expresión o comunicación de ese sentimiento nos hará libres. No creo que debamos callar nuestros sentimientos pero tampoco pensar que en ellos está la verdad. Debemos buscar con ellos, con ánimo de veracidad. 
Ahora voy a intentar liar un poco la cuestión con el interesante tema de la verdad en las ciencias sociales. La verdad en la ciencia a veces es contraintuítiva: lo que se nos aparece como plano puede ser en realidad curvo. En las ciencias sociales la complejidad es mayor debido a que analizamos seres intencionales que se mueven en un sistema de creencias, instituciones y relaciones de poder que condicionan la conducta de los sujetos. Lo que suelen hacer los científicos sociales es que construír relatos falsos que intentan caputar algunas verdades relevantes, las principales fuerzas motoras en una sociedad dada. Esta simplificación hace que exista en Economía un problema con el relato que se cuenta. No quiere decir lo que a veces parece que quiere decir. El supuesto de racionalidad es el perfecto ejemplo de esa ambigüedad. Para muchos economistas decir que los agentes económicos son racionales no quiere decir que actúen realizando sus propósitos de forma consciente, teniendo en cuenta las alternativas que afrontan, sino que actúan como si lo fuesen gracias a la intermediación de un mecanismo catalizador denominado "mercado". Ese mecanismo es también una metáfora, una forma de explicar simplificando. Sería como contar una mentira que tiene intención de veracidad. Desde esta perspectiva la mentira, o no contar intencionalmente toda la verdad, sino sólo una parte, sería bueno.

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