sábado, 15 de septiembre de 2012

de cuando infelizmente me domina la poesía

Parece decirnos el coro que no hemos de molestarnos: uno ha de ser quien es, sin más. Es normal que los españoles queramos una sociedad transparente, democrática, libre de clientelismos, con un sano debate público. Pero quizás eso sea sólo cosa de unas cuantas chicas y chicos bien educados; las dinámicas sociales hacen que, a la postre, en un país como el nuestro acaben por mandar las pasiones y la fontanería institucional. Bertín Osborne acabará por presentar un programa en La 2, el PSOE seguirá dedicándose al colaboracionismo. A los de IU les gustaría nacionalizar las estrellas.
Lo mismo dice el coro respecto de aquellos que como forma de oración se ven obligados a la postración más completa, los musulmanes. Pudieron pronunciar la palabra democracia, o balbucearla, pero su ser es otro, es turba de reacción desproporcionada, locura y frustración. No son dueños de sí, desconocen la tolerancia que nosotros tradicionalmente practicamos.
Me falta un elemento para completar el cuadro: los norteamericanos puede parecer que apuestan por políticas progresistas y de sanidad pública pero, vaticino, en su ser está las políticas de libertad que succionan hasta el tuétano. Más pronto que tarde volverán a su lugar.
Los cambios históricos no dependen de la voluntad declarada o de la toma de conciencia sino de los movimienots de las placas tectónicas... o esa es la lectura más optimista que me permite concluir después de volver a ver el telediaro. Bien es posible que no sea cierta en varios puntos: la conciencia de todoas está bien despierta pero es la frustación la que nos acaba volviendo idiotas hasta que en algún lugar una grieta nos abra al cielo la posibilidad de no ser ya más esa misma idiotez para pasar a ser otra. O bien que sean los azares y no el destino los que provocan las catástrofes bajo las que es posible nuestro único momento de lucidez. Quizás el mundo sea perfecto y nosotros padezcamos alguna clase de ceguera alimentada por la mezquindad de lo cotidiano.
No es bueno desear catástrofes porque es posible que se den; yo no las deseo aun que a veces no puedo dejar de pensar que sólo en el interín de la fractura que provocan es que podamos soñar despiertos sin parecer idiotas, como cuando las lágrimas de San Lorenzo. Nos dicen que no somos Grecia.

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